Psic. Marco Altamirano
Para muchas personas, iniciar un proceso terapéutico representa la esperanza de mejorar significativamente en poco tiempo. Sin embargo, no siempre se experimentan cambios inmediatos, lo que puede generar dudas sobre la efectividad del proceso y creencias de que la terapia no está funcionando.
¿Es normal sentir que no hay avances? ¿Se trata de un periodo natural en la terapia o es momento de considerar un cambio de enfoque o de terapeuta? En esta entrada, exploraremos las razones más comunes por las que una persona puede sentir que no está avanzando en terapia y qué hacer para recuperar el rumbo, asegurando que el proceso continúe siendo útil y efectivo.
Te invitamos a leer nuestra entrada anterior: PSICOEDUCACIÓN EN TERAPIA: LA CLAVE PARA EL EMPODERAMIENTO DEL PACIENTE, donde hablamos sobre cómo la información bien estructurada ayuda a mejorar la adherencia a la terapia y, sobre todo, de qué manera este conocimiento permite al paciente desarrollar mayor autonomía y empoderamiento en su proceso de cambio.
Algunas sesiones pueden ser más productivas que otras, y en ciertos momentos puede parecer que no hay avances evidentes. Sin embargo, esto no siempre significa que la terapia no está funcionando, sino que el cambio requiere tiempo, práctica y ajustes constantes.
¿Es normal sentirse estancado en terapia?
Sentir cierto estancamiento en terapia es algo que puede ocurrir en distintos momentos del proceso, ya sea porque se está atravesando una fase de trabajo más profundo, porque el enfoque no es el adecuado para la problemática o porque hay aspectos que podrían ajustarse en la relación terapéutica.
Antes de abandonar la terapia, es fundamental analizar qué factores pueden estar influyendo y si hay ajustes que pueden hacerse para retomar el progreso. Existen varios factores que influyen en la velocidad del progreso terapéutico:
Tipo de problema o trastorno: Condiciones como la ansiedad, la depresión o el trauma requieren abordajes distintos y pueden necesitar más tiempo según su complejidad.
Frecuencia de sesiones: Asistir regularmente a terapia es clave. Espaciarlas demasiado puede hacer que el proceso sea más lento, mientras que una mayor frecuencia puede favorecer un avance más estructurado.
Nivel de compromiso con las estrategias sugeridas: Aplicar fuera de sesión las herramientas proporcionadas por el terapeuta (como la reestructuración cognitiva o la exposición gradual) es fundamental para el progreso. Si una persona solo asiste a las sesiones sin poner en práctica lo aprendido, los avances serán más lentos.
Grado de autoconocimiento y disposición al cambio: Algunas personas necesitan más tiempo para reconocer patrones de pensamiento o para sentirse listas para aplicar cambios significativos en su vida.
Es importante diferenciar entre un progreso lento y una terapia inefectiva. Un proceso lento no significa que la terapia no está funcionando, sino que el cambio está ocurriendo a su propio ritmo. En cambio, si después de varias sesiones no hay ningún avance, se siente frustración constante o las estrategias no parecen adecuadas, puede ser momento de revisar si es necesario ajustar el enfoque o discutirlo con el terapeuta.
Razones comunes por las que la terapia no está funcionando
Cuando una persona siente que la terapia no le está ayudando, es importante analizar qué factores pueden estar influyendo. En muchos casos, no se trata de que la terapia sea inefectiva, sino de elementos que pueden ajustarse para mejorar el proceso. A continuación, exploramos algunas razones comunes por las que el progreso puede verse limitado, junto con ejemplos para entender mejor cada situación.
Falta de adherencia a las estrategias
La terapia no se trata solo de lo que ocurre en sesión; el verdadero cambio sucede cuando las herramientas aprendidas se aplican en la vida diaria. Si un paciente no practica las estrategias fuera de terapia, es probable que no vea mejoras significativas.
Ejemplo: Luis asiste a terapia para controlar su ansiedad, y su terapeuta le sugiere practicar la exposición gradual enfrentando pequeñas situaciones que le generan nerviosismo. Sin embargo, Luis evita aplicar los ejercicios y sigue evitando estas situaciones. Como resultado, su ansiedad no disminuye, y siente que la terapia no está funcionando.
Expectativas poco realistas
Algunas personas esperan que la terapia sea una solución rápida o que el terapeuta les dé respuestas inmediatas. Sin embargo, la terapia es un proceso de aprendizaje que requiere tiempo, práctica y compromiso activo por parte del paciente.
Ejemplo: Andrea comenzó terapia esperando que su ansiedad desapareciera en pocas sesiones. Cuando nota que sigue sintiéndose nerviosa en algunas situaciones, empieza a dudar del proceso. Su terapeuta le explica que la ansiedad no desaparece de la noche a la mañana, pero que con práctica y paciencia, podrá gestionarla de mejor manera.
Falta de conexión con el terapeuta
La relación entre paciente y terapeuta, conocida como alianza terapéutica, es clave para el éxito del proceso. Si la persona no se siente cómoda con su terapeuta, le cuesta abrirse o siente que no está siendo comprendida, esto puede afectar el progreso.
Ejemplo: Raúl está en terapia, pero siente que su terapeuta no profundiza lo suficiente en sus problemas y que las sesiones son demasiado generales. Como no se siente en confianza, evita hablar de temas importantes y poco a poco pierde la motivación para asistir.
Enfoque terapéutico inadecuado
No todas las terapias funcionan igual para todas las personas. A veces, un enfoque que es efectivo en general puede no ser el más adecuado para un paciente en particular, lo que puede hacer que el proceso no avance como debería.
Ejemplo: Clara tiene trauma infantil y ha estado en una terapia centrada en soluciones rápidas, pero siente que necesita explorar sus experiencias con mayor profundidad. Al cambiar a un enfoque más especializado en trauma, comienza a notar avances significativos.
Frecuencia de sesiones insuficiente
Dependiendo de la gravedad del problema, la frecuencia de las sesiones puede ser clave. Si las sesiones son demasiado espaciadas o irregulares, puede ser difícil lograr un cambio significativo.
Ejemplo: Javier está tratando su depresión, pero asiste a terapia solo una vez al mes. Entre sesiones, su estado de ánimo fluctúa y siente que no hay continuidad en su proceso. Su terapeuta le recomienda sesiones semanales para reforzar las estrategias y mejorar su estabilidad emocional.
Resistencia al cambio
A veces, sin darnos cuenta, evitamos aplicar estrategias terapéuticas porque nos incomodan o nos sacan de nuestra zona de confort. Esto puede hacer que el proceso se estanque y que la persona sienta que no está avanzando.
Ejemplo: Mariana tiene depresión y su terapeuta le recomienda activación conductual, sugiriéndole que salga a caminar por al menos 15 minutos al día. Sin embargo, Mariana sigue evitando salir de casa, lo que impide que experimente los beneficios de la actividad en su estado de ánimo.
Sentirse estancado en terapia puede ser frustrante, pero en la mayoría de los casos no significa que el tratamiento no esté funcionando, sino que puede ser necesario revisar ciertos factores para optimizar el proceso. Desde ajustar expectativas hasta evaluar la relación con el terapeuta o la frecuencia de las sesiones, identificar qué está limitando el avance es clave para recuperar el rumbo. La terapia es un proceso dinámico, y hacer pequeños cambios puede marcar la diferencia en los resultados.
Si sientes que tu terapia no está generando los cambios que esperabas, es importante explorar qué ajustes pueden ayudarte a avanzar. En Clínica Minerva, contamos con profesionales que pueden guiarte en este proceso y ayudarte a encontrar el enfoque adecuado para ti.
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