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Entre homenajes y realidades lo que no vemos el Día de las Madres

Autora: Dafne Ortega Valero

El 10 de mayo no empezó como una fecha para regalar flores y electrodomésticos. En realidad, su origen está ligado a movimientos de mujeres que, después de la Guerra de Secesión en Estados Unidos, comenzaron a organizarse para luchar y exigir ser vistas y tomadas en cuenta para temas políticos. Con el tiempo, esa iniciativa tomó fuerza y el presidente Woodrow Wilson oficializó el Día de las Madres en su país.

La idea cruzó fronteras y en México comenzó a impulsarse en 1922 desde el periódico Excélsior. Más adelante, presidentes como Manuel Ávila Camacho le dieron carácter oficial y promovieron políticas enfocadas en la salud materna e infantil. Después, Miguel Alemán Valdés inauguró el Monumento a la Madre, consolidando la fecha como un reconocimiento público.

Con los años, lo que nació como un movimiento con fondo social se fue transformando en la celebración que hoy conocemos. Y justo ahí es donde vale la pena detenernos a pensar qué estamos conmemorando realmente.

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Este espacio propone ir más allá de la celebración para reflexionar sobre el bienestar psicológico de las madres, visibilizado cómo, con frecuencia, su identidad queda reducida al rol que desempeñan dentro del hogar y la familia, a través de normas sociales y creencias intermedias aprendidas culturalmente que influyen en su salud mental, impactando en su autopercepción y en sus niveles de exigencia personal.  

De la lucha por la voz al retorno simbólico al silencio

La participación política de las mujeres no siempre fue un derecho reconocido, durante siglos, se les excluyó del espacio público porque se consideraba que su papel debía limitarse al ámbito doméstico.

La prohibición de votar, expresar opiniones o intervenir en decisiones colectivas no se debía únicamente a la ausencia de leyes que lo permitieran, sino a una organización social que asume que las mujeres no eran aptas para participar en la vida política. 

Consecuencias en la Salud Mental de las madres

Falta de autonomía: Cuando una mujer crece en un sistema que le dice “tu lugar es este y no puedes salir o cambiar”, se genera sensación de impotencia. La impotencia prolongada se asocia con síntomas depresivos y con lo que Martin Seligman llama “indefensión aprendida” que es cuando una persona deja de intentar cambiar su situación porque siente que nada depende de ella.

Autoestima:

La identidad se construye también a partir del reconocimiento social. Cuando este reconocimiento falta, aparece inseguridad, culpa excesiva y autoexigencia desmedida. 

Silencio emocional:

Cuando una persona no puede participar en decisiones colectivas, tampoco aprende a expresar desacuerdo o a defender sus necesidades. Ese silencio forzado puede convertirse en represión emocional, lo que a largo plazo se vincula con somatizaciones y malestar psicológico.

No obstante, celebraciones culturalmente significativas como el 10 de mayo suelen acompañarse de obsequios relacionados con la limpieza o el mantenimiento del hogar aunque aparentemente inofensivas transmiten un mensaje implícito: su valor social sigue estando asociado al cumplimiento de funciones domésticas. 

A nivel emocional, esto puede generar sensación de encasillamiento: es una experiencia psicológica y emocional en la que una persona siente que está atrapada en una etiqueta, rol o rutina específica, limitando sus posibilidades de crecimiento, cambio o expresión personal

El Día de las Madres desde la Terapia Cognitivo-Conductual (TCC)

En el marco de la Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), las creencias intermedias son reglas, actitudes y supuestos que conectan nuestras creencias con los pensamientos automáticos que guían nuestras emociones y comportamientos.

Estas reglas, que muchas mujeres aprenden desde pequeñas a través de la familia, la escuela, la cultura, influyen en la forma en que interpretan lo que les pasa en su vida diaria. Por eso, cuando una mujer intenta participar en espacios sociales o políticos, pueden sentir culpa o ansiedad, porque tienen la sensación de que están haciendo algo incorrecto al no quedarse en el lugar que le enseñaron que debía ocupar: el hogar.  

 En las mujeres madres,  estas creencias se manifiestan de la siguiente manera: 

  • “Una buena mujer debe priorizar el hogar”
  • “ No debería participar en política, implica descuidar a la familia”
  • “Solo debo dedicarme a mi familia, mi familia debe ser mi prioridad”

Campañas donde aparece una mujer sonriente con frases como “100% mamá, 0% estrés, 0% cansancio” no celebran a la mujer real, celebran una versión idealizada que no se cansa, no se frustra, no se enoja, no necesita espacio propio. 

Desde la TCC, esto no es menor: estos mensajes refuerzan las mismas creencias intermedias que después vemos en consulta. Alimentan reglas rígidas como las anteriores. Así sin darnos cuenta, convertimos una fecha que podría reconocer a las mujeres como personas completas con deseos, límites y necesidades, en una que vuelve a colocarlas en el único rol del que históricamente han intentado salir.

Un ejemplo integrador:

Pensemos en Mariana, tiene 35 años y una hija de 7 años. Desde que era niña escuchó en su casa frases como: la mujer que descuida su hogar, pierde a su familia”, “una buena madre está siempre disponible” o “los hijos necesitan más a la mamá que al papá”. No eran reglas escritas, pero estaban en los comentarios de las tías, en los consejos de su abuela, en los silencios incómodos cuando alguna mujer decidía priorizar su trabajo.

Hoy, Laura trabaja medio turno como auxiliar administrativa. Su esposo también trabaja, pero cuando ella menciona que le gustaría aceptar un ascenso que implicaría más horas fuera de su casa, su mamá le dice: “¿Y tu hija con quién va a estar?”, su suegra comenta: “El dinero no lo es todo, los niños crecen rápido” incluso su pareja, sin mala intención, añade: “Si eso te hace feliz esta bien… pero luego no quiero que estes estresada y sin tiempo para la casa, la niña y para mí”. 

Todas estas ideas que han metido en Mariana, la hacen llevar a cuestionarse cosas como: “Quizá sí estoy siendo egoísta”, “Tal vez una buena mamá no debería querer esto”, “¿Y si por enfocarme en mi trabajo mi hija sufre?” Es aquí donde se da el refuerzo de estas reglas aprendidas y que de cierto modo nos limitan a hacer o intentar cosas nuevas por miedo y por el qué dirán. A consecuencia de esto, Mariana decide rechazar el ascenso, dejando de lado sus intereses, gustos y aspiraciones como persona. 

¿Cómo vive Mariana el 10 de Mayo?

Semanas después llega el 10 de mayo, día en que debería ser especial para las madres, pero en muchos casos ellas terminan haciendo comida para todos los invitados y atendiendo, lo que al final termina en agotamiento físico y mental.

En la comida familiar le entregan su regalo: una licuadora nueva y le dicen que es para que siga consintiendo a su familia. Aunque Mariana sonríe y agradece, algo dentro de ella no le permite disfrutar de la comida y la supuesta convivencia que se iba a dar para todas y mucho menos del regalo. No es el regalo en sí, sino que después de esto ella refuerza su falta de independencia, nadie menciona el ascenso que decidió no aceptar, nadie pregunta u obsequia algo para que ella pueda continuar con sus sueños fuera del rol materno.

Poco a poco Mariana comienza a convencerse de que querer crecer profesionalmente podría convertirla en una mala madre. Y aunque nadie se lo prohíbe directamente, cada comentario, cada gesto, cada expectativa refuerza una regla que aprendió desde pequeña. “Una madre que se realiza fuera del hogar está fallando dentro de él” No está siendo limitada por su falta de capacidad, sino por ideas que aprendió a obedecer aunque no se sintieran cómodas. Y cuando intenta cuestionarlas, no solo enfrenta su propia culpa, sino también la mirada que suele ser sutil y a veces directa de una familia que sigue creyendo que el lugar de una mujer está primero en casa, aunque para ella implique una pérdida de identidad personal: el rol absorbe a la persona, agotamiento emocional: porque el reconocimiento está llegando al rendimiento doméstico, no al bienestar. 

Conclusión: 

Muchas veces estas ideas no se siguen reproduciendo porque alguien quiera hacer daño de manera intencional, sino porque hemos crecido dentro de un sistema que las presenta como lo “normal” o incluso como lo “correcto”. Comentarios como “una buena madre siempre está disponible” o regalos que refuerzan el rol de cuidadora no suelen vivirse como imposiciones, sino como gestos cotidianos de afecto.

En este sentido, no se trata únicamente de decisiones individuales, sino de patrones que han sido transmitidos y reforzados a lo largo del tiempo por medio de prácticas cotidianas, comentarios familiares o incluso celebraciones aparentemente inofensivas. El problema no radica en el regalo en sí, sino en el significado simbólico que genera un fuerte impacto en la salud mental de quienes nos cuidan. 

Cuestionar estas dinámicas no implica rechazar la maternidad ni desestimar el cuidado, sino abrir la posibilidad de reconocer de dónde vienen estas ideas y empezar a reconocer a las madres como personas completas con deseos, necesidades y proyectos propios, más allá de los roles que históricamente se les han asignado.

Recuerda que en Clínica Minerva estamos comprometidos con tu bienestar psicológico y te acompañamos en el manejo de creencias intermedias y pensamientos automáticos que influyen en tu día a día, procurando que las decisiones y cambios que realices estén alineados con tu salud mental y tus necesidades reales. Este proceso puede brindarte mayor claridad, equilibrio y estabilidad emocional, construyendo un paso importante hacia un bienestar duradero.

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